Inicio  La jodienda no tiene enmienda Old Habits Die Hard

     







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mates con semitas

carbonada

postre de descarozados

achuritas aliñadas

asado, carbonadas

guisos

vinito añejo

litros de vino

asado

pichanga

empanadas

charquicán

humitas picantes

vino añejo
reservado para el señor cura

achuras

potajes

Chunchules

matambre

pasteles con mucho huevo

aceitunas

picadillo de lomo

ají

quirquincho

adobos

Pan calientito


recién sacado del horno

casera

matecitos dulces

sopaipillas rebozadas

almíbar

potajes

Sesos

asado de punta de espalda

patas aliñadas

ají
pimienta
vinagre

albahaca


ñoques

conserva de tomate

sopita de verdura

presas de pollo

mistela

aguardiente

quesillo de cabra

dulce de membrillo

mate con buñuelos

chanchito asado al horno

más adobos


Lengua de ternera

ubre de vaca

Ensalada de lechugas con tomates

rebanaditas de pepino

aceitunas prensadas

descarozados hervidos


alfajores

mate de leche

sopaipillas remojadas en miel

anisado

chivito asado

locro

menudos de ave.

coñaque


pasas de moscatel

higos

nueces

orejones


matecitos con semitas

injundia de gallina

vahos de ruda


carqueja

cazuela

afrecho

grasa de víbora

Api con leche

sopita de arroz

locrito

espesado de harina

vino hervido

grasa de víbora

vino hervido

pollo asado

pichones de paloma

Verduras cocidas

aceitunas aliñadas

Presitas de corderito

pescado de la laguna

coñaque de la alacena

galletitas

bizcochos

.Asado con cuero

alón

sopa de charqui

peras hervidas


chancaca

cebaron mate

tortitas con chicharrones

lomo de guanaco


perdiz martineta

cebollitas

alises en escabeche

Tortita de verduras

menuditos de chancho

poliada

Dulce de camote

guindas en almíbar


Media botella de coñaque

dos tragos de ginebra


tortilla frita

huevos de ñandú

cebollitas

Zapallitos llenos

choclos


cutriaco

torta con chicharrones.

Un panal de miel

harina tostada

coñaque

ginebra

arrollao

chorizos

morcillas

huevos pasados por agua

pan de huevo

pichanga

manjar blanco

huevos chumbos

jamón

arrollado

presitas de chancho en escabeche

chocolate

chancaca de Arequipa

manteca

vejiga de vaca

dulces

confites

Dulces de la patrona

queso de San Luis

Patay, guindado

pastillitas de menta


fiambres

dulcesitos en el seno

cuajada fresquita

manjar blanco

arroz con leche





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Cervantes Gakuin

Arturo será tu mejor profe de castellano (de Salamanca, la blanca).  
significantive@gmail.com
044 853 1548; 090 6504 7221

¡Qué ganas tengo, mulata
que se acabe esta jodienda,
para soltarle la rienda
a esta pasión que me mata!

Cuando la tarde languidece renacen las sombras,
y la quietud los cafetales vuelven a sentir.
Es la triste canción de amor de la vieja molienda
que en el letargo de la noche parece decir:

Una pena de amor, una tristeza,
lleva el zambo Manuel en su amargura,
pasa incansable la noche moliendo café...

SANTO DEL NARANJO

Trabajito hipersustractivo v 3dptg.com

 

(Este es el "compuesto" de un verdadero santero riojano, después que supo de la historia que sigue).

Estaba el rico
en el patio de su casa, a la sombra de un coposo naranjo. Tan tranquilo tomaba mates con semitas, cuando paró en sus puertas un forastero, muy pililo y milagriento. Puso sus hilachentas alforjas en el suelo y, con el sombrero en la mano, dijo:

- Güenos días le dé Dios, patrón... Favorézcame con un trabajito.

- No tengo trabajo; andate.

- De cualquier cosita, patrón.

- Ya te hi dicho que no tengo. Andate.

- Aunque sea pa espantar los loros de su chacra, patron...

- Ya tengo muchachos pajareros. ¡Que te vas te hi dicho!

- Ta bien, patrón... Bienhaiga con mi suerte tan desabrida...

El pobre levantó sus alforjas del suelo y se las acomodó sobre los hombros. Se caló su sombrerito roto, por donde asomaban sus cabellos enredados, y se dispuso a seguir camino, más triste que la noche... Echó última mirada al patio de la casa rica y se solazó viendo y mirando el naranjo cargadito de naranjas que amarillaban... Se dejó estar un momento y ya dijo:

¡Qué lindo santo haría yo del tronco de ese naranjo!

El rico pensó: "Quién como yo tuviera un santo para lucirse con él..." Levantó su voz y se dejó decir:

¡A ver!... Dénle un plato de comida a este pobre artesano, que tiene hambre -y mientras le servían al forastero una sabrosa carbonada, le preguntó-: ¿Vos sabís hacer santos?

- Santos grandes y chicos, y como si estuvieran hablando, patrón.

Volvió a pensar el rico: "Quién como yo tuviera un santo bendecido para lucirse con él..."

- Dénle más comida a este pobre hombre y un rico postre de descarozados... Y decime: ¿qué herramientas necesitáis para hacer el santo?

- Por ahora me dará tan solamente un hacha, patrón.

- A ver, dénle tabaco para que fume este buen artesano. Y esta noche que me le sirvan una buena cena y le tiendan cama para que se quede a dormir aquí. Mañana le alcanzan un rico desayuno y le preparan un hacha afilada pa que comience su trabajo. Por hoy, que descanse, que bastante maltrecho ha llegado el pobre.

El forastero, después de almorzar a lo rey, durmió su linda siestita en una cuja blanda y descansó hasta que lo llamaron a cenar. Comió y comió hasta que la huata se le puso como un tambor. A los quejidos se fué a dormir. Al otro día, bien tardecito se levantó y ya le sirvieron un desayuno de achuritas aliñadas, y después de unos buenos tragos de vino, se fué a su tarea. Hachazos van y hachazos vienen, como al cabo de tres horas el pobre naranjo comenzó a quererse ladear... En eso se hicieron las doce y lo llamaron al almuerzo.

Comió asado, carbonadas y guisos, todo bien regado con dos litros de vinito añejo. Como había quedado medio hinchado, tuvo que dormir su buena siesta para deshincharse... Ya era bastante tardecito cuando volvió a la función de los hachazos. A eso del anochecer el pobre naranjo se vino al suelo. Se vino al suelo el naranjo y corrieron mil naranjas pintonas por el patio...

Llegó el patrón y vido tanto daño, pero medio se consoló pensando: "Quién como yo tuviera un santo bendito para lucirse con él..."

- ¿Qué otras herramientas necesitáis para la hechura del santo?

- Una linda azuela, mi patrón, y un serrucho y una lima.

- A ver, tráiganle a este fino maestro esas herramientas. ¡Y no me le hagan faltar la comida ni el buen trato para que trabaje con gusto! - y se fué el patrón.

El fino artesano cenó más que otro poco esa noche. Tomó sus dos litros de vino y se acostó, muy acalorado. Durmió como un bendito. Ya alto el sol, le dió por levantarse y se desayunó con un asado jugosito. Bebió pichanga y muy después se fué a su trabajo. Ahí estuvo a los pujidos... El día se le fué en sacar las ramas con azuela y hacha. Llenó el suelo de astillas grandes y chicas. En eso estaba, cuando llegó el patrón a curiosear.

- ¿Ydiay? -preguntó-. ¿Cómo va ese santo?

- Por ahora va tronco no más, mi patroncito. Mañana le iremos viendo las formas.

- Así será -contestó el patrón-. A ver, sírvanle al maestro santero esas empanadas que hi mandado hacer y después el charquicán y las humitas picantes. Y no me le hagan faltar buen vino añejo, de ese que le tengo reservado al señor cura...

Se fué el patrón al comedor y el santero a la cocina. Allí, arrimado a la negra cocinera, se comió el maestro todo lo que le sirvieron y le sobró espacio para dos litros de vino, del reservado para el señor cura.


Esa noche le contó a la negra cocinera unos chascarros tan pícaros y graciosos que ella le hizo una señita...

Al otro día el buen artesano se levantó bien tardecito. Se entró a la cocina y como a eso de las diez pudo terminar su desayuno de achuras con mucho vino. Al fin se determinó a trabajar y esta vez fué con azuela. Llenó el patio de astillas. Luego se hicieron las doce y ganó la cocina. La negra cocinera le preparó potajes que él había pedido en voz bajita. Chunchules doraditos, matambre adobado, pasteles con mucho huevo, aceitunas, picadillo de lomo y ají, y ¡bien jugosos! Se relamía el artesano, chupando el frito que le corría hasta el codo... Después de todo esto, un quirquincho asado con adobos. Pan calientito, recién sacado del horno, y dos litros de vino del más elegido de la bodeguita casera. "Hi comio y bebío, dijo por fin el maestro. Agora, después de una buena siestita, la voy a trabajar de lo lindo". Y se fué a dormir la siesta.

A eso de las cuatro se levantó a los aprestos... Se escupió las manos, empuñó su azuela labradora, pero lo distrajo la negra cocinera, trayéndole matecitos dulces con sopaipillas rebozadas en almíbar. Tomó sus buenos mates el artesano y como a la hora ya pudo seguir con su trabajo.

A eso del anochecer le cayó el patrón.

- ¿Ydiay? ¿Cómo va saliendo ese santo? -es que preguntó.

- Ya está con ganitas de ir tomando las formas, mi patrón. Para mañana podremos distinguirle algo así como brazos y piernas.

- Ta güeno -dijo el amo- Cuidá que no te vaya a salir ladiao.

- ¡Mis santos salen derechitos, mi patrón; no se le dé cuidao!

- Así me gusta -contestó el rico, y se arrimó a la cocina a encargarle a la cocinera que lo cuidara bien al artesano, pero al ver esa mesa, tendida con más potajes que los que le servían a él, se quedó más que callado.

Se fué el patrón. Cenó el artesano de buena mano. Sesos le dieron y bien condimentados. Luego, un asado de punta de espalda y patas aliñadas con mucho ají, pimienta, vinagre y albahaca. Unos ñoques con mucho queso y conserva de tomate, y al fin una sopita de verdura con presas de pollo. Para asentar, un litro de mistela y copitas de aguardiente. De postre, quesillo de cabra y dulce de membrillo. A eso de medianoche, y a pedido de la cocinera, contó unos chascarros medio verdositos. Ya era la una de la madrugada, y para no molestar el sueño de los patrones, llevaron un brasero con brasas al cuarto de la cocinera y siguió él contando chascarros.

Después del desayuno volvió a su trabajo el maestro, pero enseguidita se le hicieron las doce y tuvo que almorzar. Como quedó medio pesao del almuerzo, se fué a dormir su buena siesta; pero a la tarde trabajó con gusto y provecho. Luego del mate con buñuelos volvió a seguir su labor, pero ya manejó el formón con mano maestra. En eso se le allegó el patrón.

- ¡Ydiay? -preguntó en llegando.

- ¡Va saliendo, patrón! -aseguró el santero.

- Y a todo esto, ¿qué santo es el que vas a hacer?

- El que usté elija, patrón. Si quiere le hago un San Roque con perro y todo.

- No -respondió el rico-. El santo de mi devoción es San Antonio, aunque también venero a San Francisco y a Santo Domingo.

- Ta bien, patrón. Veremos a quien sale más parecido y entonces usté le pone el nombre que le caiga.

El patrón miró al bulto por delante, al costado y por atrás. "¡Uh...", no más dijo, y se fué como queriendo pensar...

Al otro día, por ser domingo, la cocinera le dio un almuerzo de chanchito asado al horno, con más adobos que otra cosa. Lengua de ternera y ubre de vaca. Ensalada de lechugas con tomates, rebanaditas de pepino y aceitunas prensadas, todo bien condimentado. De postre, descarozados hervidos y alfajores. Mucho vino añejo y una botellita de anisado. La patrona, que se arrimó por la cocina y vido tanta comida, se llevó las manos a la cabeza y atinó a decir: "¡Jesús!", y se fué dando un coletazo.

A la tarde jugó al naipe el pulido artesano con la negra cocinera, mientras tomaban mate de leche con sopaipillas remojadas en miel. Unos tragos de anisado para entonarse y seguir mejor la suerte de las cartas. A la noche, una cena ligera de un chivito asado, un locro y un guiso de menudos de ave. Por ser domingo, dos litros de vino y unos traguitos de coñaque. Postre de pasas de moscatel, higos, nueces y orejones elegidos. A eso de la medianoche, lo invitó a su cuarto la negra cocinera, con brasas, para tomar matecitos con semitas. Allí principió él a contarle el lindo y novedoso cuento de Los Tres Picos de Amor.

Día lunes, por ser lunes, amaneció medio enfermo el artesano. Dolor de cintura tenía, por un pasmo frío que lo había flechado. No pudo levantarse, pero la cocinera lo mejoró con unas buenas friegas en la espalda de injundia de gallina. Luego le dio unos vahos de ruda y carqueja. Se fué mejorando el enfermo y más con una cazuela que le llevó la negra a la cama. La morenita ama de llaves se arrimó a preguntar por la salud del maestro enfermo y le aplicó unos parches en las sienes y una cataplasma de afrecho caliente al pecho. También le sobó la frente con grasa de víbora.

A la hora de la cena tenia hambre el pobre artesano enfermo. Le trajeron comida liviana. Api con leche, sopita de arroz, un locrito con poca grasa y condimento, y espesado de harina con leche. Nada de vino ni frutas ácidas. Después de esta cenita vino la ama de llaves, y con la cocinera a porfía, le recetaron, una un sudor de vino hervido y la otra unas friegas de grasa de víbora en el pecho. Allí se trenzaron a discutir las dos y se acaloraron, y ya salieron a relucir hasta los cueritos al sol de cada una. Palabras van, palabras vienen, el pobre artesano se enteró de guardadas cosas y hasta de andanzas del patrón y de la patrona. El enfermo las calmó y supo quedar bien con las dos, sin ladear preferencias. La ama de llaves le dió la friega al pecho con grasa de víbora... "Ayayita, que me acostilla...", le decía el maestro a la morenita, largando gritito entre risadas. "Véanlo al regalón", le contestaba la llavera, refregándole con mas ganas el pecho. La negra cocinera se empacó, pero él, para abuenarla, se tragó el sudor de vino hervido. Le envolvieron la cabeza con trapos y se sentó en la cama. Como para olvidar lo triste de sus dolencias, siguió con el cuento de Los Tres Picos de Amor. La ama de llaves a un lado y la cocinera al otro, lo escuchaban embelesadas. Así estuvieron hasta que cantó el gallo anunciando la madrugada.

El martes, por ser martes, ya se mejoró un poco el artesano. Después del desayuno hizo mención de levantarse, pero tanto la cocinera como la ama de llaves se lo prohibieron. Se aguantó el pobre y tuvo que quedarse entre las cobijas. A las doce le trajeron entre las dos un almuerzo livianito. Un pollo asado y pichones de paloma. Verduras cocidas con aceitunas aliñadas. Presitas de corderito y hasta pescado de la laguna. Como estaba enfermo, le suspendieron el vino, pero la ama de llaves le trajo media botella de coñaque de la alacena del amo. Esa tarde, como la cocinera tuviera que lavarle toda la ropa, aprovechando que estaba en cama, la buena de la llavera se vino a hacerle compañía toda la tarde. Le cebó matecitos a la cabecera; le trajo galletitas y bizcochos de los mejores, y él, agradecido, le siguió contando el cuento de Los Tres Picos de Amor. La ama de llaves se moría de risa, escuchando las pícaras andanzas de un enamorado que supo tener sus tres amores a un tiempo. Cuanto más avanzaba él, más se interesaba ella, y ya se le sentó en la cama para oírlo mejor...

Esa noche, como ya se sintiera sano con tanto remedio, le dieron firme de cenar para que pudiera cumplir con su trabajo al otro día. Asado con cuero y de alón de chioque que habían boliado esa mañana, y una sopa de charqui con ajos y cebollas. Volvió el vino, pero del bueno de la alacena del patrón, que le trajo la ama de llaves, con más un postre de peras hervidas y un lindo terrón de chancaca de Arequipa. Cinco tragos de coñaque y ¡a seguir con el cuento de Los Tres Picos de Amor! La cocinera, que ya le había lavado toda su ropa, medio se quiso enojar por ciertas preferencias y algunos descubrimientos que hizo... Él la supo calmar con un chascarrito y siguieron con el cuento. A medianoche cebaron mate con tortitas con chicharrones. Ya muy avanzada la madrugada, se fué primero la cocinera a su cuarto. La ama de llaves siguió embelesada oyendo el cuento de Los Tres Picos de Amor...

El miércoles ya le puso el hombro al trabajo. Despuesito del desayuno, se afanó con el formón, dele que dele. Trabajaba un poquito y retrocedía para mirar su obra; avanzaba de nuevo y ya estaba con el martillo, pin y pon...

En eso se le acercó la niñera con una guagua del patrón en los brazos.
El maestro le dijo:

- ¡Quién juera hijo del patrón!

- ¿Para qué? -preguntó la rubiecita.

- ¡Para dormirme en sus brazos, mi niña!...

- ¡Mírenle al antojo... -y se alejó, con risitas.

Al rato llegó la hora de las doce. A la cocina fué a dar el maestro. La cocinera estaba con resentimientos...

- ¿Hasta qué hora se quedó la pícara de la ama de llaves en tu pieza? -preguntó la muy celosa.

- Si se jué al ratito después que vos...

- ¡La muy... tal por cual! ¡Pero adónde va a ir conmigo al hombro! - Otras escaramuzas siguieron, pero él supo calmarla.

Guiso de
lomo de guanaco y perdiz martineta en vinagre, con cebollitas y alises en escabeche. Tortita de verduras, menuditos de chancho, poliada, y, pare de contar... El postre y la bebida la trajo la ama de llaves. Dulce de camote y guindas en almíbar. Media botella de coñaque y dos tragos de ginebra. Antes de irse a dormir su siesta, apaciguó a la cocinera y a la linda llavera, que estaban propasándose en palabras. A eso, de las cuatro recomenzó su obra, y cuando lo invitó la cocinera a tomar mate, no quiso. Encarnizado andaba con el santo, tomando medidas nuevas. A eso del anochecer le cayó el patrón. Medio serio venía.

- ¿Ydiay?... ¿Cómo va ese santo?

- ¡Ay, patrón!... ¿Sabe que nos hamos equivocao?... ¡El santo se nos ha vuelto batea! Batea le haré, poh, patrón. Linda será y no perderá ni gota de agua.

- ¡Uh! -no más alcanzó a decir el patrón, y se fué hablando fiero por lo bajo en un blanquiar de ojos.

Se arrimó a la cocina y ordenó a la cocinera que le mermara la comida al maestro, pero la negra lo entendió al revés. Esa noche le sirvió gran tortilla frita de huevos de ñandú con cebollitas, como le gustaba a él. Zapallitos llenos y choclos recién cortados, cutriaco gordo y espeso y torta con chicharrones. El postre lo trajo la ama de llaves. Un panal de miel y harina tostada con otro poquito de coñaque y ginebra. Esa noche seguía el cuento de Los Tres Picos de Amor, pero a la cocinera, de un redepente, le vino un borujón de rabia y se fué a su cuarto. La ama de llaves sé quedó solita con el maestro.

Al otro día volvió a trabajar la sierra, el hacha y la azuela. Tanto trabajó el hombre que cuasi se olvida de almorzar. La linda llavera lo mandó llamar con la rubiecita de la niñera. Como la cocinera estaba enojada no le dió el almuerzo, pero la ama de llaves le trajo de la alacena del patrón, arrollao, chorizos, morcillas calentadas y huevos pasados por agua. Unas tajadas de pan de huevo y un litro de pichanga. Hasta se rieron de la negra cocinera que andaba tan jetona y les blanquiaba los ojos.

Después de su buena siesta, volvió el pulido artesano a su trabajo. Achicándose iba el tronco del pobre naranjo a fuerza de tanto sacarle astillas por todos lados. A la hora del mate, la jovencita niñera le trajo manjar blanco y huevos chumbos. "Gracias, mi niña, le dijo él. Vaya esta noche a mi cuarto, que le contaré el lindo cuento de Los Tres Picos de Amor..." "¿Se cree que no voy a ir?..." le contestó ella, alejándose. Siguió él, tan serio, con su trabajo. Dele azuela y dele serruho. El patrón cayó, medio ladiao, con cara avinagrada y componiéndose el pecho:

- ¿Ydiay? ¿Y ese santo que se volvió batea, cómo va?

- ¡Ay, patrón!... ¿Sabe que nos hamos vuelto a equivocar? ¡El tronco del naranjo no quiso ser santo ni quiso ser batea! Mortero será, mi patrón... Un lindo mortero.

- ¡Juh!... -alcanzó a decir el patrón.
Hizo rayas con el pie en el suelo y se fué más ladiao y tirando bolazos mientras le relampagueaba la mirada...

A la hora de la cena, la negra cocinera seguía enojada. La morocha ama de llaves trajo jamón, arrollado y presitas de chancho en escabeche, de la alacena del patrón. La niñera rubia se apareció con chocolate, chancaca de Arequipa, manteca conservada en vejiga de vaca, y manojos de dulces y confites de la patrona. Los tres comieron y se rieron con miradas entendidas. Luego se fueron al cuarto del artesano y él siguió con el cuento de Los Tres Picos de Amor. "¡Qué bonito!", decía la niñera. Se quedaron hasta la madrugada, oyéndolo...

Al otro día siguió el santero con su obra. Con cuchilla trabajaba ahora y con tanta fineza lo hacía que causaba admiración.

A la hora de las doce lo llamó al almuerzo la niñera. Dulces de la patrona y de los niños y queso de San Luis le dió. Patay, guindado y pastillitas de menta, de postre. A la tarde trabajó el artesano y hasta con papel de lija pulía su obra.

Al anochecer se le vino de golpe el patrón:

- ¿Y diay? ¿En qué va parando el santo, la batea y el mortero?

- ¡Ay, patrón! ... ¿Sabe que nos hamos vuelto equivocar otra vez?... No parara en mortero, sino en mano de mortero, mi patrón, y será una mano como no se ha visto otra.

- ¡Güeno! ¡Güeno! ¡Güeno! ¡Hacete esa mano!...

Se retiró más ladiao que nunca y hablando sonseras retorcidas.

Esa noche, la ama de llaves, que estaba enferma, le mandó unos ricos fiambres de la despensa, con la niñera. La rubiecita le trajo dulcesitos en el seno y él la convidó a su cuarto para acabarle de contar el cuento de Los Tres Picos de Amor. Pasada la medianoche, ella seguía embelesada con tan lindas palabras.

Al otro día, más trabajó el artesano, y no bien acabó de almorzar ya volvió a su tarea con mas porfía que nunca. Era él quien se apuraba. A la caída de la tarde se le vino el patrón:

- ¿Y diay?...

- ¡Ay, patrón!... ¿Sabe que nos hamos güelto a equivocar?

- ¡Uh!... ¡Uh!...

El santo se nos convirtió en batea, la batea en mortero, el mortero en mano de majar y la mano de majar... en estaca. Pero será la reina de las estacas, patrón... Mañana se la dejo bien pulidita y lista para que la use en lo que sea de su agrado.

- Voy a pensarlo, chey... ¿Para mañana has dicho?

- Pa mañana, mi patroncito.

- Hasta mañana, entonces.

- Que le vaya bien, patrón.

Se fué a la cocina, pero la cocinera casi se lo come. Tomó rumbo a la ama de llave, pero casi lo araña.

- ¿A que hora se fué de su cuarto, anoche, la muy... santita de la niñera?

- Tempranito, moza.

- ¡Sí, tempranito!... Después de pasarse la noche con usté.

Triste el maestro por tanta desavenencia, ganó su cuarto. Al rato le cayó la niñera con más dulces de los niños y cuajada fresquita, manjar blanco y arroz con leche. Quiso oír el fin del cuento de Los Tres Picos de Amor, y él se lo terminó de contar con toda la gracia que tenía. Le gustó a la niñera el cuento y se quedó hasta la madrugada con el artesano, pero a la salida de su cuarto la esperaban la cocinera y la ama de llaves y araron el patio con ella. Hasta los patrones se levantaron, y la pobre señora tuvo que taparse los oídos para no oír lo que se gritaban unas con otras...

De mañanita ya se levantó el maestro sin pensar más que en su obra y se puso a pulir su hechura. Primero con lima y luego con arenilla.

- ¡Ya está!- se dijo, en el momento que se le aparecía el patrón, muy resoluto, acompañado por dos altos mocetones.

- ¿Te dejaste decir que ya estaba?

- Sí, mi patrón. Aquí le presento la mejor y más pulida estaca de naranjo que en el mundo ha sido.

La tomó el patrón y dijo:

- Yo supe tener un naranjo, el mejor del pueblo. A su sombra tomaron mate mis agüelos, mis padres y yo mismo...

- No me diga más, patrón. Tomando mate a su reparo estaba usté cuando yo me paré en estas altas puertas. Lindo era el naranjo ¡y tan coposo!

- Me dijiste:
"Qué lindo santo haría yo de su tronco..."

- Fueron mis palabras, patrón. Y me puse en trabajos.

- Dormiste a lo rey, comiste a lo rico y...

- La verdá, patrón.

- ¡Y bajo el techo de mi casa avanzaste con las polleras!

- ¿...?

- ...La cocinera..., la ama de llaves y... ¡hasta la jovencita de la niñera!...

- ¡Ay, patrón!...

- Y el santo que yo iba a hacer bendecir por el señor obispo...

- ¡Se nos convirtió en batea, patrón!...

- Y la batea en mortero...

- Y el mortero en mano de majar, patrón.

- Y siguió reduciéndose, hasta parar en... estaca.

- Pero ¡qué estaca, patrón!

 
- Linda es. Y tanto, que te has de aguantar, porque te la vamos a perder por... ¡donde no te quepa!
 
 
Las mil y una noches argentinas.– 1º ed. – Buenos Aires: Colihue, 2001. ISBN 950–581–576–X
I. Título– 1. Narrativa Argentina Diseño de tapa: María Wernicke
© Ediciones Colihue S.R.L. Av. Díaz Vélez 5125 (C1405 DCG) Buenos Aires–Argentina
 
   


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Cervantes Gakuin


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